Los caminos del Señor son inescrutables… cuando nos conviene

Ayer me pararon por la calle dos mujeres, una de unos treinta y pocos y muy mona y otra algo mayor con cara de persona afable. Yo, que soy de pueblo y no tengo maldad, no pude imaginar que no fuese para pedir ayuda o contarme algo que seguro que me iba a interesar, así que imaginad cuál fue mi sorpresa cuando decidieron romper el hielo con “¿Crees que irás al Cielo al morir?”

Tened en cuenta que en la jungla no suelen pararte para ofrecerte la salvación divina, y nunca he sido demasiado conocedor de las convenciones sociales, así que desconocía el protocolo en estos casos. Por ser educado, decidí responder y ver qué podía ofrecerme su todopoderoso líder. Por la palabra ‘Cielo’ ya intuía que se trataba de cristianas, y en cuanto ojeé el folleto pude comprobar que eran evangélicas. En ese momento de verdad creí en la existencia de un ser superior que me quería alegrar el día: la noche anterior había intentado tener un enriquecedor debate acerca de la bondad del Dios cristiano con unos amigos, pero se vio frustrado por un “PERO SI OPINAMOS LO MISMO, DEJEMOS EL TEMA” de uno de ellos en el momento álgido. Como era evidente que no pensábamos lo mismo y que me había tenido que quedar para mí mis opiniones, estaba bastante frustrado, y de golpe aparecen estas dos señoras ofreciéndome hablar de Dios.

– ¿Crees que irás al Cielo cuando mueras?

– No. Creo que no existe nada tras la muerte, no creo que exista ningún dios que me juzgue y si de verdad existe, tengo una opinión nefasta sobre él.

A ambas mujeres se les iluminaron los ojos un poco cuando me oyeron decir que, de existir un dios, lo considero un dios bastante chapucero e hijoputa. Imagino que entraba dentro de su abanico de gente a la que merecía la pena abordar: joven desencantado con suficientes taras como para pararse en mitad de la calle a hablar con ellas.

– ¿Y eso? ¿No sabes que Dios nos hizo a su imagen y semejanza, que somos sus criaturas predilectas y que nos creó para tener compañía?

– Eso he oído durante 15 años en el colegio católico al que he ido, pero nunca supieron responderme a muchas cuestiones que al principio me impidieron tener fe y al final directamente me empujaron al ateísmo.

– ¿Y qué cuestiones son ésas?

La chica joven era extranjera y tenía una forma bastante hipnótica de pronunciar cada palabra. Además, no dejaba de sonreír nunca.

– ¿Por qué pasan cosas malas? Hay gente que se muere de cáncer, que tiene que vivir en la más absoluta pobreza, gente buena que pasa auténticos infiernos y niños a los que no se les da la oportunidad de ser buenos o malos porque se les da un fusil y se les manda matar. ¿Cómo puedo creer que hay un dios que nos quiere como a sus hijos pero deja que esto pase?

– Ah, porque Dios nos da la libertad, el libre albedrío, la capacidad de hacer lo que queramos. Eso que pasa, esos asesinatos, las guerras, ¡son pecados del hombre, no son pecados de Dios, que es perfecto! Dios nos ama tanto que nos da la libertad absoluta.

Por supuesto, tras quince años en un colegio católico y habiendo hecho catequesis y seis años en grupos de vida cristiana, había recibido esa respuesta incontables veces. No pretendía recibir una respuesta satisfactoria, sino hacer que fuesen ellas las que dijesen que tenemos libertad absoluta.

– Pero si ahora viene un coche, se mete por la acera, me atropella y me mata, ¿dónde ha estado mi libertad? Yo no he elegido eso, es muy injusto.

– Ya, pero Dios no se mete en esas cosas. En eso consiste el libre albedrío. Si has sido una buena persona, irás al Cielo tras morir, esa es tu recompensa, así se compensa lo que crees que es una injusticia.

– Entiendo… Pero no tengo pruebas de este dios del que me habláis. Si me creó para hacerle compañía, qué menos que manifestarse.

– Ah, pues hay muchos ejemplos de que existe, casos en los que creer en Él ha salvado vidas. Por ejemplo, mi marido –prosiguió la mujer mayor, española–, se puso a nadar en la playa y la marea lo arrastró hacia dentro. Había ido allí solo, y el tiempo era tan malo que no había ninguna esperanza de sobrevivir. Entonces, se encomendó a Dios, y Dios le salvó. El mar lo escupió, lo echó a la orilla, cuando ya daba su vida por perdida, porque Dios así lo quiso.

– ¿Entonces Dios te salva si tienes fe y se lo pides cuando lo necesitas?

– ¡Por supuesto!

Sonreían cada vez más, seguramente pensando que estaba siguiendo el camino que me marcaban. No eran conscientes de que ese camino lo había seguido yo miles de veces debatiendo conmigo mismo, con profesores, con catequistas, y que veía que no llevaba a ningún destino claro.

– Entonces, vivir es bueno, ¿no? Es un premio que nos da Dios al nacer y que hasta nos puede prolongar si tenemos fe en Él.

– Claro. Si tienes fe, Él te salvará cuando más lo necesites.

– Pero he visto a gente muy creyente, creyente de veras, morir de forma prematura. Les he visto dejar atrás familia, hijos pequeños, proyectos solidarios que habían emprendido… ¿Por qué Dios no les salvó a ellos?

– Porque Dios tiene un plan para todos, y quería a esas personas con Él, en el Cielo. Su plan, el plan que tiene para todos nosotros, así lo exigía.

Por fin estábamos llegando al hueso con el que siempre se topaban aquellos que intentaron convencerme durante la juventud, y creo que no se estaban dando cuenta.

– No lo entiendo. Dios nos da libertad absoluta, pero es Él quien decide quién vive y quién muere. Si alguien me atropella a mí, no decide Él, decide el conductor asesino, pero si la muerte es en una cama de hospital, entonces sí. Al parecer, Dios empieza a actuar sólo cuando no me han rematado, ¿no? Si ese coche no me matase y yo fuese trasladado al hospital, ya sí estaría en sus manos, pero si muero en la calle, Él no ha tenido nada que ver. Digo más, al parecer Dios puede decidir alargarnos ese regalo divino que es la vida si tenemos fe en Él, y sólo en Él. Imagino entonces que si en vez de tu marido se hubiese estado ahogando alguien que nunca ha oído hablar de Cristo, Dios no lo hubiese salvado. ¿Por qué? ¿Acaso es culpa suya? Incluso si ha oído hablar de él pero no le convence, ¿merece morir? ¿No fue Él quien nos dio el pensamiento crítico? Entonces, ¿cómo funciona esto? ¿Me da la capacidad de elegir por mí mismo mi propia religión y en qué creer pero sabiendo que si no creo en Él tengo más posibilidades de morir? ¿Y dónde está el libre albedrío si hay un plan para todos? Si su plan incluye que un padre de familia creyente muera en una cama de hospital después de que le apuñalen en la calle, ¿no ha sido Él el que lo ha enviado a la cama de hospital para morir, pues era necesario para su plan?

Me frené a mí mismo ahí, porque no quería atosigar. Tenían un buen trozo que mascar antes de responder, y de verdad encontraba la charla interesante, así que no tenía ninguna intención de matarla cerrándome en banda.

– Bueno… Para eso está la fe, para las cosas que no comprendemos.

– Pero no es cuestión de no comprender. La fe que me pedís que profese incluye dos cosas contradictorias, ¿en cuál creo? No puedo creer en ambas, no auténticamente, porque no las entiendo.

– Es que Dios funciona de formas misteriosas –decidió comentar la chica joven– que no tenemos que entender en ese momento. Por ejemplo, una chica de mi comunidad tenía un único hijo, de cinco años, y se le murió de leucemia. Ella lloró mucho, y no sabía por qué Dios la castigaba así. Entonces, a los pocos años, Dios se le reveló en sueños, y le mostró que si su hijo hubiese crecido se hubiera convertido en un criminal y un asesino, y que era mejor así, que ahora estaba con Él en el Cielo.

Su sonrisa era interminable. Verdaderamente creía esa historia, y veía bondad tras ese acto. Servidor era perfectamente consciente de que no habían respondido a mis dudas anteriores, y que la respuesta obvia a esa pregunta es “Tu amiga está trastornada, posiblemente por el dolor, pero estoy bastante convencido de que Dios no le ha hablado”, de la misma forma que se podría pensar que la forma correcta de haber comenzado el debate era con un “¿Cómo que hay un Cielo? Quiero pruebas”. Sin embargo, prefería darles cancha, aceptar la existencia de un Cielo y un Infierno (si el primero va con mayúsculas, el segundo también, ¿no?), de un Dios que juzga y de los parches que se han ido poniendo a las evidentes lagunas de esa religión; prefería que supiesen que estábamos jugando en su terreno, bajo sus normas, pero que yo sabía las reglas, que las había aprendido tras muchas mañanas de oración en el colegio, tras muchas reuniones de catequesis, tras muchas misas y tras muchas lecturas por mi cuenta de la Biblia.

– ¿De verdad pasó eso? Es horrible. Ese chico nunca tuvo una oportunidad. Dios, que fue quien lo creó (y creo que habéis dicho que a su imagen y semejanza) lo hizo un asesino. Sabía que iba a convertirse en un asesino, nunca tuvo capacidad de elección: toda su vida estaba escrita desde el momento de su nacimiento. Así que Dios nos envía a un criminal y un asesino programado y decide que lo mejor es asesinarlo con una terrible y dolorosa enfermedad cuando es un niño inocente de cinco años, que no entiende por lo que está pasando. No me suena a plan divino, y si lo es, no es el de un dios bueno. Es el de un dios loco o un dios malévolo. No hay bondad en esa acción: ha dejado a una madre sola en el mundo, incapaz de albergar buenos recuerdos de su hijo, al que sabe un asesino a pesar de que la pobre criatura nunca hizo nada, y ha torturado durante un par de años a un niño.

Por primera vez en la charla, se les quitó la sonrisa de la boca a ambas. Estaban preparadas, imagino que a base de práctica, para responder las cuestiones básicas, a moverse en el terreno que tanto tiempo habían estado estudiando, pero ellas mismas habían decidido salirse de él para intentar convencerme, y se veía que se estaban arrepintiendo.

– Bueno, como dijimos antes, los designios del Señor son inescrutables.

– Para lo que nos conviene, según me contáis. Si algo bueno ocurre, sin duda ha sido Dios premiándonos. Sin embargo, si algo malo ocurre, es que no entendemos a Dios. Creo que si aceptamos que no le entendemos, debe ser en lo bueno y en lo malo, no sólo cuando nos venga bien.

Y en ese momento, decidieron, de golpe, despedirse. Me estrecharon la mano, me sonrieron, me dijeron sus nombres, que ya no recuerdo, y la mujer mayor me dijo:

– Te planteas demasiadas cosas.

– Sólo hago uso de las capacidades que Dios me ha dado, ¿no?

Pero creo que por hoy ya te has planteado muchas cosas, es mejor que abraces la fe.

– No puedo si ni siquiera soy capaz de entender en qué tengo que creer.

Nos dimos mutuamente las gracias por la charla y cada uno fuimos para nuestro lado. El debate real fue bastante más largo, de unos veinticinco minutos, tuvo un buen rollito que no se aprecia en el post y tocamos temas como la idolatría, la naturaleza del mal y la subyugación de Satán a Dios (donde, para mi gusto, se hicieron más mal que bien al hablar), pero creo que por hoy ya es suficiente: si fui capaz de aburrirlas a ellas, sin duda también a vosotros.